CLARA DE ASÍS: LA GRAN SANTA DE LA IGLESIA

 

 

            El 13 de diciembre de 1193 veía por primera vez la luz del mundo, en Asís (Italia), Clara Favarone. Su padre era un caballero que pertenecía a la noble familia de los Offreduccio, una de las más antiguas y poderosas de la ciudad de Asís. Su madre, cuyo nombre era Hortulana, procedía igualmente de la nobleza.

 

            Tanto Favarone como Hortulana eran muy respetados en Asís por su sentido humanitario y su honestidad. Tuvieron tres hijas: Clara, la primogénita, Catalina y Beatriz. Vivían en la soberbia casa de los Offreduccio, que se alzaba junto a la catedral de San Rufino.

 

            En verdad, Clara Favarone nació en una situación de privilegio que le prodigó no sólo el bienestar económico y social, sino también el acceso a la mejor cultura a que podía aspirar una mujer en aquellos tiempos. Como las muchachas de su condición, aprendió a leer y a escribir latín e historia, a tañer un instrumento, aprendió las virtudes curativas de las hierbas, a entender de vinos, a hilar, a bordar y a administrar la hacienda. La mujer noble debía ser toda delicada y recia al mismo tiempo, dispuesta tanto para administrar la casa como para gobernar eventualmente un feudo.

 

            Cumplidos los 12 años, Clara fue prometida a un noble caballero de Asís. Así era costumbre, aunque las bodas no celebraran hasta que la doncella cumplía los 17 años. Entretanto, era tarea del prometido enamorar a su dama. Rainiero de Bernardo lo procuró con todas sus fuerzas, pero no logró nunca doblegar el ánimo de Clara. Había algo en ella..., ¿sería una serena dignidad? ¿nobleza cristina? Rainiero lo recordaría siempre: cuando él iba a enamorarla, ella le hablaba de Dios, de la excelencia de la virtud, de la vanidad de todo lo que tiene fin...

 


            Clara, sincera y pura, llevaba un impulso de autenticidad en su alma.  Después de fijar su mirada transparente en el Crucificado, ¿cómo podría disfrutar de unas riquezas que se conseguían con el horror de la guerra?, ¿cómo danzar satisfecha en los salones mientras otras doncellas permanecían dobladas sobre la rueca para poder malamente subsistir?, ¿cómo podría saciarse mientras otros pasaban hambre...?

 

            ¿Dónde habían puesto al Cristo del Evangelio en aquella sociedad? ¿Dónde estaba el verdadero camino? ¿Dónde la puerta estrecha del Reino por donde poder pasar?

 


            Un día Clara escuchó la voz apasionada y verdadera del hermano Francisco, aquel penitente que las gentes tenía por demente, y la sintió caer como rocío refrescante sobre su alma la respuesta ansiada. Poco después vio que lo seguían algunos hombres..., los que precisamente antes la sacaban a bailar en las fiestas cortesanas: Bernardo de Quintavalle, Ángel Tancredi, hasta su primo Rufino..., lo habían dejado todo para seguir a Francisco y para adoptar su forma de vida.

 

            Desde entonces procuró entrevistarse con él, a escondidas, para que los suyos no se lo impidiesen. En sus palabras y ejemplos hallaba respuesta a sus inquietudes, descubría una afinidad espiritual irresistible. Ahora había conocido definitiva y verdaderamente su vocación.

 

            Lo habló con el obispo de Asís, Guido. Había que hacer algo. Ya tenía 17 años y en su casa comenzaban a preparar su boda con Rainiero de Bernardo. El obispo, discreto y sabio, se arriesgó a proteger a Clara, como ya lo había hecho seis años antes con Francisco, al que le puso su capa cuando el Santo de Asís se desnudó en la plaza de la ciudad como símbolo del  rechazo de los bienes que su padre le ofrecía, para entregarse por entero, con la “dama pobreza”, al servicio de Dios y de los hombre. Clara  esperaría la señal de Francisco, por medio del obispo, para consagrarse a su estilo de vida, venciendo todas las dificultades que, al ser mujer, se le planteaban.

 


            El 28 de marzo de 1212, Domingo de Ramos, al comenzar la procesión de las palmas en la catedral de Asís, el obispo Guido se acercó a Clara y puso en su mano un ramo de olivo bendito. La doncella quedó inmóvil, comprendió que aquélla era la señal. Era la aprobación de la Iglesia para salir al encuentro de su Señor. Y aquella misma noche, Clara veló hasta que la ciudad quedó dormida y su casa silenciosa. A la medianoche cuentan que huyó por la “puerta de los muertos”. Y se fue, calle abajo, sin mirar atrás... Dejaba a su familia, su casa, la promesa de bodas, su situación de privilegio y seguridad... Pero no le importó.


 

            Sola y engalanada como una novia corrió bajo la luz de la luna llena. Caminó hasta la puerta de la ciudad. Allí la esperaban el hermano Francisco, su primo fray Rufino, fray Bernardo y fray Felipe. Entre cantos de gozo bajó, con su “escolta de pobres”, hasta la ermita de Santa María de los Ángeles (la Porciúncula). Allí celebró sus bodas, se abrazó para siempre a Jesucristo como esposa virgen y pobre. Se despojó de sus vestiduras, de su condición, del manto, del ceñidor de lino y se vistió una túnica tosca que ciñó con una cuerda a su cintura. El hermano Francisco le cortó los cabellos y todos los hermanos Menores fueron testigos, en aquella noche bendita, de su consagración a Jesucristo. Clara Favarone sería, desde entonces, Clara de todos, la hermana Clara de Asís. Había nacido una Santa para el mundo y una de las figuras femeninas más nobles y encantadoras que han dejado sus huellas en la historia.

 

            Apenas habían pasado 14 días cuando Catalina Favarone, la hermana de Clara, se escapó de su casa y vino a su encuentro para compartir su vida evangélica. Luego su amiga Pacífica aunque algunos autores señalan que Pacífica, amiga y prima de Clara, se fugó con ella la noche del Domingo de Ramos, Bienvenida de Perusa, Balbina, Cristina, Lucía, incluso con el tiempo su propia madre, Hortulana... Dios le daba hermanas, de la misma manera que a Francisco le había dado hermanos. Venían de todas las clases sociales. Para ser monja era condición indispensable ser noble; para ser hermana Menor, bastaba ser hija del Padre.

 

            Y comenzaron a vivir. No eran monjas, ni canonesas, ni beatas. En los primeros documentos se les dio el nombre de reclusas (encerradas o ermitañas). Era como si cada ermitaña se multiplicase formando una fraternidad. Una vida retirada, orientada plenamente hacia Dios, y al mismo tiempo cercana y sencilla, como todo lo franciscano.

 

            Para lograr su “perfección personal” le hubiera bastado a Clara  seguir los caminos hechos. Para dar una respuesta evangélica a los retos de su tiempo, siguió a Francisco por sendas nuevas.

 

            “Y así, por voluntad del Señor y de nuestro beatísimo padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián; en este lugar, el Señor, por su misericordia y gracia, hizo crecer nuestro número en un corto espacio de tiempo, para que así se cumpliera lo que el Señor había predicho por su santo...” Tenían necesidad de un lugar para vivir y de una regla que les ayudase a segur el camino abrazado bajo el contagio de Francisco.Y es allí, junto a esta pequeña ermita, donde Clara y sus hermanas empiezan a morar con su nuevo estilo de vida, tal como lo profetizara Francisco años atrás. Es en San Damián donde nació, pues, la Orden de las Damas Pobres o Clarisas.

 

            A la plantita nueva, el hermano Francisco se cuidó de nutrirla directamente, por sí y por los hermanos que le daría como capellanes, limosneros, visitadores... Y Clara lo sabía. Para no perder la originalidad y lozanía de su forma de vida franciscana, debería recibir siempre sus riegos de la Orden de los Menores.

 

 


 


            La vida de la hermana Clara no fue fácil. Tuvo que luchar sin tregua para que la novedad de su forma de vida fuera reconocida en la Iglesia. Los papas Inocencio III, Honorio III, Gregorio IX  e Inocencio IV la amaron y se dejaron persuadir por ella. Pero, siempre ha existido la tendencia a regular las formas religiosas nuevas basándose en las formas precedentes o monásticas. Por eso sintió la urgencia de elaborar su propia Regla, la Regla de la altísima Pobreza y de la santa Unidad. En ella selló a fuego la guarda de la pobreza y de la unión jurídica con la Orden de los Menores.

 

            Vivió sobria y pobremente con sus hermanas, del trabajo de sus manos. La vistió el dolor, pero jamás se quebró. Contemplando a su Cristo, que pasa de muerte a vida, aprendió la divina magia de transformar lo amargo en dulzura de alma y cuerpo.

 

            Clara fue una mujer gozosa, feliz con la dicha de las bienaventuranzas.