Clara y Francisco
Es evidente el paralelismo existente entre las vidas de Francisco y Clara. Nos podríamos atrever a decir incluso que uno estaba hecho para el otro. Pero su relación trasciende de lo puramente material y físico para alcanzar las más elevadas cotas de misticismo y espiritualidad.
Dios, para Francisco, era todo el Bien, el sumo Bien. Él se da a conocer, se entrega como Aquél que no consiente competidores de ninguna especie. Se hace impuro aquél que busca y halla “sucedáneos” de Dios. Esto no significa, sin embargo, que no tenga sentido buscar y hallar los valores de este mundo. Tiene significación y sentido, pero de manera finita. Francisco vio que la pureza está en amarse los hermanos y hermanas de tal forma que el amor de Dios y el amor a Dios crezca y empiece a ser gustado ya en esta tierra. Los hombres de corazón puro son felices, viendo a Dios de manera transparente y acogiéndolo en los hermanos y hermanas.
El amor que entre ambos existía se veía de continuo trascendido por el amor que uno y otro tenían a Cristo, a su Evangelio y a los pobres, haciéndoles espiritualmente gemelos. Fueron Clara y sus hermanas, junto con el hermano Silvestre, quienes pidieron al Señor que mostrase si Francisco debía entregarse del todo a la oración o también dedicarse a la predicación del Evangelio a los hombres.
Es el suyo, por tanto un paralelismo de orden espiritual, marcado por el seguimiento a Cristo Pobre y Crucificado y por su extremo amor a la pobreza más radical. Pero esta unión vino marcada por muchos acontecimiento que, en idénticos años, sucedieron a ambos, afectados en muchas ocasiones por las mismas decisiones de la Iglesia y del mundo que tenían a su alrededor, puesto que si Francisco era el jardinero, Clara y sus hermanas fueron las pequeñas plantas de su jardín.
Entre 1206 y 1207 Clara es testigo de cómo San Francisco restaura San Damián clamando con alegría: “Venid y ayudadme en la obra de este monasterio porque con el tiempo habitarán en él unas dueñas que, por cuya vida famosa y santa, se dará gloria al Padre celestial en toda su santa Iglesia”.
Poco después se decide a predicar, pobre, el Evangelio. Cambia sus ropas por las de predicador ambulante, descalzo. Es entonces cuando comienza el estilo de vida franciscana. Pronto recibió a los primeros hermanos, que ya en número considerable empiezan la misión de anunciar el Reino.
Clara y Francisco llevaron una existencia similar, marcada por el maravilloso amor hacia Jesucristo y vivida en la más radical y absoluta pobreza, privilegio por el que lucharon siempre. El “Señor les dio hermanos” muy pronto, y fueron, como hoy en día, muchos y muchas los que decidieron imitar y seguir su estilo de vida.
Lucharon paralelamente por obtener su forma de vida reglada y propia, y, a pesar de los muchos avatares y vicisitudes, ambos vieron cumplido su sueño antes de su muerte.
Sus últimos años estuvieron marcados por el dolor físico y la enfermedad, pero su amor esponsal se mantuvo intacto hasta el fin de sus días, un amor al Cristo pobre, que como fieles esposos, siguieron e imitaron, intentando reflejarse en el espejo del Evangelio más radical.
Clara y Francisco han hecho de su historia amistosa un lugar donde asomarse a la historia de Dios. No han vivido en vano una relación humana que trasluce una reciprocidad, no es una relación individual, sino que se abre acogedoramente para complementarse el uno con la otra, la otra con el uno. Esto los convierte en gestores de las más importantes experiencias humanizadoras (como lo es el amor y la amistad), pero al mismo tiempo, y desde el corazón de esa misma experiencia, brota el reflejo de Dios.
Esta aventura humana y divina que Clara y Francisco protagonizaron en su amistad es el espejo del Dios en quien ellos creyeron, desde el que se amaron y en el que descansan eternamente unidos. Pues el Dios cristiano no es aislamiento, ni soledad. Él se nos ha ido revelando en la comunión de las personas, en la íntima unión con el prójimo, en la íntima unidad de Francisco y Clara.
Clara y Francisco son una de las más célebres “parejas” que han vivido precisamente esta amistad digna de ser idealizada. Una estima y admiración crecientes entre ellos dos, desde que comenzaron a verse en sus furtivos encuentros: “Oyó Clara hablar por entonces de Francisco, cuyo nombre se iba haciendo famoso y quien, como hombre nuevo, renovaba con nuevas virtudes el camino de la perfección... Y no menos deseaba Francisco, entusiasmado por la fama de tan agraciada doncella, verla y conversar con ella, por si de algún modo él, que estaba ávido de conquistas y se sentía llamado al destruir el imperio del mundo, lograba arrebatar tan noble presa al siglo y reivindicarla para su Señor.
Clara queda plenificada y encontrada en su originalidad: ella se ve a sí misma en Francisco. Clara mirándose ante este espejo, podrá ensayar ya el canto de su propia vida, dar gracias por la misma creación, por el proyecto de Otro en ella: “bendito seas tú, Señor, porque me creaste”.
Para Clara, Francisco fue el trámite concreto a través del que conoció y amó a Dios, tanto que en su Testamento dijo de Francisco: “era nuestra columna, única consolación y único apoyo después de Dios”... Y en efecto, toda la trama del Testamento de Clara está construida desde la relación de los tres protagonistas de una historia de salvación: Dios, Francisco y ella misma.
Clara y Francisco, Francisco y Clara, son dos seres complementarios, son dos nombres, dos fenómenos, dos leyendas inseparables, cuyo binomio sólo puede ser entendido profundamente en una clave cristiana y evangélica.
En esencia, vemos como no podemos concebir a uno sin el otro. Francisco necesitó la quietud y el sosiego que Clara y las hermanas podían ofrecer desde San Damián y Clara necesitó el celo apostólico que Francisco ofreció al mundo entero. Y como Cristo pobre, ellos, también pobres, desposeídos de todo lo material, olvidado todo lo terreno, se entregaron a Dios Padre sin reservas de ningún tipo. Éste es el vértice último de su vida. Y algo tan importante que se comparte hace nacer vínculos muy profundos, lazos muy estrechos, que superan las barreras de la carne para alcanzar las más elevadas cotas del espíritu.
Y es precisamente esta amistad, este amor espiritual el que se ha mantenido vivo a lo largo de los siglos entre los hijos e hijas de Francisco y Clara. Hoy, como ayer, los Menores necesitan la espiritualidad que les ofrecemos las Clarisas, nuestro silencio y reposo, nuestra continua oración y alabanza al Creador, y los Menores son necesarios a las Hermanas en su misión apostólica y celo espiritual. Ocho siglos después, Clara sigue necesitando a Francisco y Francisco sigue necesitando a Clara. El vínculo espiritual de sus almas no se ha roto, muy al contrario, sigue vivo en cada uno de sus hermanos y hermanas.