MONASTERIO DE NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD
Historia
Para hablar de la historia del Convento de Clarisas de Nuestra Señora de la Soledad, de Villarrubia de los Ojos, hay que remontarse al año 1546.
El 8 de septiembre del referido año, en Alcázar de San Juan, pueblo también de la provincia de Ciudad Real, se decidió, a través de sus autoridades, tanto civiles como religiosas, renovar el voto y el juramento que la villa tenía ya de muchos años formulado en defensa del privilegio de la Concepción sin macha de la Madre de Dios, como también de celebrar su fiesta, y nada mejor que este día, festividad de la Natividad de la Virgen, para hacer memorial y renovación del mismo.
En la mencionada fecha, y en cumplimiento de lo acordado, el pueblo alcazareño se dirigió en procesión desde la iglesia parroquial de Santa Quiteria, situada a extramuros, hasta una ermita dedicada a la Inmaculada Concepción que se hallaba cerca de la villa, para después de la función, renovar solemnemente el voto prometido.
La noticia de este solemne e inusual acto llegó la Monasterio de San Juan de la Penitencia, ubicado en la ciudad de Toledo, en el que vivía una religiosa oriunda de Alcázar de San Juan, que profesaba la Segunda Órden Franciscana, Sor Francisca de la Cruz, junto a Sor María Fernández, llamada la “peregrina de Cristo”, concibieron la idea de fundar un monasterio de monjas clarisas en su localidad natal, Alcázar, junto a la ermita de la Concepción. Para ello, y tras madurar la idea durante varios años, vencieron todo tipo de impedimentos y dificultades, y solicitaron del Concejo, en 1556, la ermita para la nueva fundación, que les fue cedida junto a las tierras anejas a ella y otros bienes que garantizasen la vida de la comunidad.
Todavía tenían que pasar varios años hasta que, el 20 de mayo de 1564, don Antonio de Toledo, gran Prior de la Orden de San Juan de Jerusalén, concediese la licencia para la fundación del nuevo convento. Finalmente, en el susodicho año, la Segunda Órden Franciscana tomó posesión de él, profesando sus religiosas la Regla de Santa Clara y tomando el monasterio el nombre de Santa Clara.
La vida de la comunidad fue desarrollándose con normalidad durante casi tres siglos de existencia pacífica y silenciosa entre los alcazareños, surgiendo notables vocaciones que mantuvieron vivo el convento, sorteando los avatares de la vida y de la historia.
Pasaron tres centurias de calma hasta el año 1836, cuando se promulgó la Ley de Desamortización de Mendizábal, por la que los bienes de la Iglesia pasaban a manos de Estado. En Alcázar de San Juan afectó profundamente, pues se cerraron los conventos de San Francisco, el de la Trinidad y el de San José, aunque fue respetado éste de Santa Clara, que de estar fuera de la villa, con el correr de los años y con el crecimiento paulatino de la localidad, había quedado integrado en su casco urbano. El único motivo por el que se respetó fue por el hecho del voto que hiciera Alcázar de San Juan en su día a la Inmaculada y por su deseo de seguir celebrando allí la fiesta de dicha advocación de María.
La Madre Sacramento Alfaro, abadesa del monasterio, y las otras dos religiosas, fueron acogidas en el Monasterio de San José, de las Carmelitas Descalzas, de Malagón (Ciudad Real). En él, gracias a la fraternal compresión y a la excelente acogida que les brindaron las hijas de Santa Teresa, pudieron seguir con normalidad y total independencia sus propia Regla y Constituciones de Santa Clara.
Corrieron los años, y llegó 1882. La Madre Sacramento tuvo noticias de que en Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real), pueblo próximo a Malagón, un piadoso señor vecino de la misma villa, don Bernardo Jerez Moraleda, había comenzado las obras de construcción (sobre las ruinas de una antigua ermita dedicada a Nuestra Señora de la Soledad) de una iglesia de mayores proporciones con el objetivo de facilitar a los vecinos del barrio el cumplimiento dominical y asistencia religiosa cercana sin tener que desplazarse a la parroquial de la villa.
Pero don Bernardo pensó que, construida, bendecida y abierta al culto la iglesia, podría unirse a ella una casa y un huerto de su propiedad, y destinar el conjunto a un futuro y posible convento de alguna orden religiosa femenina. Para ello se puso en contacto en Malagón con la Madre Sacramento. Pronto llegaron a un común acuerdo: don Bernardo cedería sus propiedades anejas a la nueva iglesia que, unidas a los recursos económicos pertenecientes a la extinguida comunidad de Alcázar de San Juan, podrían garantizar la supervivencia de la nueva fundación en proyecto.
Al finalizar 1884, e impulsado por la urgencia de las religiosas y por sus deseos propios, don Bernardo, apoyado incondicionalmente por el clero, las autoridades y el pueblo en general de Villarrubia de los Ojos, elevó al rey Alfonso XII un escrito solicitando del Ministerio de Gracia y Justicia la correspondiente autorización para llevar a cabo la fundación en esta localidad de un convento de religiosas clarisas, ofreciendo como base y garantía su casa, huerto e iglesia, y como fundadoras las monjas de la extinguida comunidad de Alcázar de San Juan.
Con fecha de 17 de julio de 1885 se recibió la ansiada noticia. Por fin llegaba la autorización real, que se comunicó al Vicario General del Obispado de Ciudad Real con estas palabras: “ De acuerdo a los informes favorables emitidos por las más altas autoridades eclesiásticas y civiles, se concede la correspondiente autorización para fundar en dicha villa (Villarrubia de los Ojos) una comunidad de Religiosas Clarisas”.
Ante tan gran noticia, las autoridades eclesiásticas competentes solicitaron a la Madre Sacramento que comunicara cuanto antes el número de religiosas con las que se podía contar a la hora de establecer la nueva fundación.
La Madre Sacramento no se hizo esperar e inmediatamente contestó que podía contar con ella y con otra de la antigua comunidad de Alcázar, así como con otras cuatro religiosas profesas, pertenecientes a la comunidad de Clarisas de Játiva (Valencia), para lo que contaban ya con las licencias canónicas pertinentes del Arzobispo de Valencia, don Antolín Monescillo.
Con esta información escrita, el Vicario General de la diócesis de Ciudad Real, don Joaquín Martín de Lunas, envió unas súplicas al señor Nuncio de Su Santidad el 31 de julio de 1885 para informarle de que, estando todo dispuesto para la apertura de la nueva fundación, se dignara a alcanzar la correspondiente autorización pontificia para la fundación y la licencia para el traslado de las religiosas.
El 25 de agosto del citado año, el Nuncio, en uso de las facultades a él concedidas por el papa León XIII, firmó la solicitada autorización pontificia para la fundación y las licencias para el traslado.
Comunicada tan grata noticia a la Madre Sacramento y a la abadesa de Játiva, ambas dispusieron todo lo relacionado con el traslado de las monjas, fijando la fecha del 15 de octubre de 1885, festividad de Santa Teresa de Jesús, para que se reunieran todas en un lugar situado a extramuros de la villa y partir, desde allí, a su nueva residencia.
Llegó por fin el esperado día, 15 de octubre de 1885, diecisiete años después de que fueran expulsadas las monjas de Alcázar. La Madre Sacramento, junto a Sor Saturnina de la Soledad, las dos únicas religiosas que quedaban del suprimido convento de Santa Clara, y las cuatro religiosas de Játiva, acompañadas por las autoridades locales, el clero parroquial, don Bernardo Jerez en su calidad de fundador y bienhechor, y del pueblo en masa, se dirigieron en procesión a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, en la que se entonó un Te Deum en acción de gracias por este acontecimiento que marcaba una nueva etapa en la historia del pueblo.
Terminada la ceremonia religiosa en la parroquia, las monjas, las autoridades y el clero, junto al pueblo, marcharon al nuevo convento, titulado como la iglesia que le servía de base, de Nuestra Señora de la Soledad.
Reunidos ante la nueva fundación, el Vicario General del Obispado bendijo las instalaciones y, ya en el interior de la iglesia conventual, pronunció unas palabras de alegría por la nueva fundación y de gratitud a cuantos habían hecho posible la misma, en especial a don Bernardo Jerez por su generosidad y a las Religiosas fundadoras por su aceptación.
Con un nuevo Te Deum de acción de gracias al Señor se dio por terminado el sencillo, pero histórico acto.
Seguidamente, don Bernardo Jerez, profundamente emocionado, entregó a la Madre Sacramento las llaves del convento. Trasladadas las religiosas en su interior, el Vicario General, al cerrarse las puertas del mismo, declaró canónicamente la clausura papal.
La nueva comunidad estaba integrada por seis religiosas: la Madre Sacramento, Sor Saturnina de la Soledad (que, cuando salió de Alcázar de San Juan para acompañar a la anterior todavía no había tomado el hábito religioso), Sor Águeda Mª Badenes, Sor Angelina Sanmartín, sor Patrocinio Ballester y Sor Juana María Llozar.
El edificio respondía a la estructura característica de un monasterio de clausura. Todo giraba en torno a un patio interior dotado con un pozo y cuatro palmeras, con sus rejas de “pinchos” en los locutorios y su torno giratorio de madera.
Aquí la nueva comunidad inició su vida, continuando la labor que ya iniciara en Alcázar de San Juan allá por 1564, de la que era continuadora. Sencillas y transparentes, amadas por el pueblo, fueron forjando una historia cuajada de vocaciones locales y foráneas, contribuyendo a forjar la historia “callada” de Villarrubia de los Ojos.
El 27 de marzo de 1972 la comunidad, de común acuerdo, decidió adoptar las nuevas normas recomendadas por el Concilio de Vaticano II, y estimuladas por el papa Pablo VI a través del decreto “Perfectae caritatis”.
De acuerdo con las orientaciones del Concilio Vaticano II sobre el tema de la renovación de la vida religiosa, la comunidad, después de examinar atentamente todas las prescripciones de la Regla que hasta entonces profesaban, la llamada Segunda Regla, adaptada y aprobada por el papa Urbano IV en 1263, decidieron pasar a la denominada Primera Regla, escrita y profesada por la propia Santa Clara en 1253, por estar más en consonancia con nuestro estilo de vida, por ser más evangélica y estar más en conformidad y de acuerdo con el espíritu del Concilio y con las exigencia de la época. En votación secreta, y por unanimidad, en mayo de 1975, se optó seguirla. Para ello, y por mediación del padre asistente de la Federación, se recurrió al Cardenal Prefecto de la Congregación de Religiosos en solicitud de su aprobación, que fue aceptada el 30 de mayo de 1975. El 22 de agosto del mismo año se celebró el acto.
Aceptada la propuesta de la construcción de un nuevo convento, la Comunidad vio la necesidad de proceder cuanto antes al traslado de los restos mortales de las religiosas fallecidas en la casa desde su fundación y los de sus bienhechores, don Bernardo Jerez Moraleda y su esposa, doña Luisa Soria Caravantes.
Preparado el nuevo panteón y presente toda la comunidad, se procedió con todas las garantías al traslado de los mismos en 1978. La identificación se llevó a cabo a través de los libros de defunciones, número de nicho y nombre de la difunta correspondiente. Se levantó acta y se ofrecieron plegarias rituales por las religiosas fallecidas y por los fundadores. El nuevo panteón es sobrio y digno de la misión que cumple: conservar los restos de las hermanas que nos precedieron.
El 6 de marzo de 1978 se iniciaron las obras de construcción del nuevo convento, en cuyas obras de cimentación colaboraron gran número de familias del pueblo, que pusieron sus tractores y su manos a disposición de las obras.
El entonces Obispo de la Diócesis de Ciudad Real, don Rafael Torija de la Fuente, visitó frecuentemente el convento, interesándose en todo momento por las religiosas. Fueron tres las visitas que realizó el prelado a Villarrubia de los Ojos a fin de interesarse por las obras y por la comunidad: el 27 de agosto, el 17 de agosto del año siguiente y la tercera el 15 de noviembre, cuando ya estaban prácticamente finalizadas, y en cuya oportunidad se concretó la fecha de su inauguración: el 24 de noviembre de 1979.
Llegó ese día, víspera de Cristo Rey. A las 17:30 el Prelado Diocesano bendijo e inauguró el nuevo convento de las Religiosas Clarisas de Villarrubia de los Ojos, que presentaba novedades con respecto a las típicas construcciones monacales femeninas: ya no había un claustro cerrado, sino abierto por el poniente, constaba de amplias terrazas y grandes ventanales que aseguran la iluminación, desaparecieron las rejas...
En la sala de trabajo del nuevo convento se organizó la procesión litúrgica de la bendición, recorriendo parte del monasterio hasta llegar a la iglesia. Celebró la eucaristía don Rafael Torija, concelebrada por varios sacerdotes venidos para tal evento.
El Prelado pronunció una breve y sentida homilía relacionada con el acto que se estaba celebrando, para terminar agradeciendo en nombre de las Hermanas a cuantos, con sus aportaciones, habían hecho realidad la obra.
Terminada la ceremonia religiosa, el personal asistente al acto pudo entrar en la clausura con permiso del Obispo que, benignamente, accedió a la petición de los presentes.
El 19 de marzo de 1982, festividad de San José y en conmemoración del VIII Centenario del Nacimiento de San Francisco de Asís, el Obispo de la Diócesis procedió a la solemne inauguración de las obras de restauración de nuestra iglesia. Se inició el acto con una solemne eucaristía concelebrada, presidida por el prelado y acompañado por el clero parroquial y por padres franciscanos.
Se celebró entre 1993 y 1994 el VIII Centenario del Nacimiento de Santa Clara, con multitud de actos litúrgicos y culturales, tales como la misa de apertura del Centenario en la iglesia parroquial el 5 de septiembre de 1993, actos teatrales y conciertos musicales durante el mes de agosto del mismo año en el solar del antiguo convento, y la eucaristía, ya en el convento, y a nivel federal, para clausurar el Centenario el 3 de septiembre de 1994.
Vemos, pues, como nuestra historia comenzó en Toledo, allá por el año 1546, cuando en la mente de Sor Francisca de la Cruz se cuajó la idea de fundar un nuevo monasterio. Continuó nuestra labor en Alcázar de San Juan desde 1564 hasta 1868, y tras los años de Malagón, prosiguió y prosigue en Villarrubia de los Ojos. Cambiamos de convento, pero no de comunidad.