La alegría de vivir en Comunidad
Nuestra vida sigue siendo silenciosa. Somos hoy en día doce hermanas que vivimos en comunión fraterna, abrazadas a Cristo pobre, limpias y transparentes, sencillas y humildes, que, con nuestro testimonio, estamos escribiendo una parte de la historia de Villarrubia de los Ojos. Somos parte pequeña de este pueblo. Junto a él caminamos, sentimos el latir de los corazones de los villarrubieros. No somos ajenas a ellos, todo lo contrario, siempre estamos atentas a sus necesidades, y cada mañana, cada tarde, cada día, pedimos en nuestra oración continuada por todos, por los que se lo merecen y por los que no, por los que sufren y por los que ríen, por los que trabajan y por los que descansan, por ti.
Vivimos felices en nuestro convento. No nos olvidamos del mundo, no nos apartamos de él. Somos un pequeño remanso de paz en medio del ajetreo diario de cada día. Somos las flores del jardín de Villarrubia de los Ojos, damos testimonio de que Dios existe y merece ser adorado.
Vivimos con sencillez, pobres y humildes, limpias y transparentes, abiertas al mundo, abiertas al hombre y sus necesidades, abiertas al pueblo que tanto nos quiere. Somos inmensamente felices en este retiro voluntario que hemos elegido, siempre libres, sin lazos que nos aten a nada terreno, con nuestra mente y nuestras manos en búsqueda continua del espíritu, en búsqueda continua de Dios.
No tenemos nada, nada es nuestro, sencillamente porque todo lo compartimos. En nuestro convento todo es de todas, incluso nuestra vida es un precioso regalo que nosotros damos cada día a nuestros hermanos, los hombres, por los que pedimos, sin nada a cambio.
Seguimos siendo manantial de nueva vida, agua que brota de las entrañas de la tierra para gritar al mundo que Dios es la única verdad, que merece ser adorado. Ya hemos dicho en alguna ocasión en esta página que somos las plantas, las flores de Francisco en el jardín de la Iglesia, que renacemos día a día, minuto a minuto. En nosotras, las clarisas, se hace vivo el Evangelio de Jesucristo. Renunciamos a todo, libre y voluntariamente, para ser pobres, para abrazar pobres a Cristo, para fundirnos con Él. Y hacemos realidad los principios del Evangelio en nuestro programa de vida, en el amor a nuestras hermanas y en el amor a los hombres.
No somos distantes. Todo lo contrario. Los muros de nuestro convento son fácilmente sondables, fáciles de ser atravesados, son, simplemente, transparentes. Quien nos busca, nos encuentra, no nos escondemos para nadie, sólo nos retiramos para alabar a Dios, pero sin dejar de lado el mundo que nos rodea.
No podemos, somos mujeres del siglo XXI. Quien busca nuestro consejo, lo tiene; a quien busca nuestro apoyo, se lo damos; a quien busca consuelo en nosotras lo encuentra, a quien busca nuestra oración, se la ofrecemos; quien mire a una clarisa hoy, estará viendo en sus ojos a Clara, a la Clara del siglo XXI, a una Clara hecha mujer, viva.
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